Artículo de la semana
El terrible “SIV” y otros
defectos
Autobús que sale de una ciudad a las 9 P.M., para
llegar a su destino a las 8 A.M con una escala en una ciudad intermedia.
Al recomenzar la marcha, después de esa breve pausa -a las tres y media
de la madrugada- dos señoras de edad madura que viajan juntas, mantienen
sus luces de lectura encendidas y ambas recostadas, pues los asientos
son especialmente cómodos, y se ponen a platicar en voz alta sobre un
tema de vital importancia: Lo que les cuesta ordinariamente un taxi de
sus casas al trabajo.
Éste es solamente un ejemplo de los millones
que a diario se dan en todo el mundo y que podemos denominar: SIV
“Síndrome de Incontinencia Verbal”.
Dicho padecimiento se da tanto en
hombres como en mujeres de todas las edades y, según estudios, tiene en
su origen en parte genética, otra parte es ambiental, pero sobre todo
influye en estas personas la falta de prudencia. En los casos más
dramáticos y penosos este vicio se relaciona con el protagonismo. Ese
afán de sobresalir ante los que nos rodean llevando el control de las
conversaciones a base de intervenir en ellas con motivo o sin él. Es un
“A mí cámaras y micrófonos”.
El fastidioso parlanchín reclama la
atención universal haciendo mención de sus logros, experiencias,
conocimientos, habilidades, ocurrencias, virtudes, contactos, ingenio y
demás bondades para que los demás no sufran de ignorancia sobre temas de
tanta importancia. ¡Pobrecitos de ellos, teniendo la posibilidad de
convivir con él (ella) y no poder valorarlo en la justa medida! Y lo
peor es que todos solemos cometer este tipo de torpezas.
Esta grave
deficiencia va de la mano del vicio de la soberbia. Copio textual el
punto 263 del libro “Surco”, de San Josemaría Escrivá de Balaguer:
“Déjame que te recuerde, entre otras, algunas señales evidentes de falta
de humildad:
—pensar que lo que haces o dices está mejor hecho o
dicho que lo de los demás;
—querer salirte siempre con la tuya;
—disputar sin razón o —cuando la tienes— insistir con tozudez y de mala
manera;
—dar tu parecer sin que te lo pidan, ni lo exija la caridad;
—despreciar el punto de vista de los demás;
—no mirar todos tus dones
y cualidades como prestados;
—no reconocer que eres indigno de toda
honra y estima, incluso de la tierra que pisas y de las cosas que
posees;
—citarte a ti mismo como ejemplo en las conversaciones;
—hablar mal de ti mismo, para que formen un buen juicio de ti o te
contradigan;
—excusarte cuando se te reprende;
—encubrir al
Director algunas faltas humillantes, para que no pierda el concepto que
de ti tiene;
—oír con complacencia que te alaben, o alegrarte de que
hayan hablado bien de ti;
—dolerte de que otros sean más estimados
que tú;
—negarte a desempeñar oficios inferiores;
—buscar o desear
singularizarte;
—insinuar en la conversación palabras de alabanza
propia o que dan a entender tu honradez, tu ingenio o destreza, tu
prestigio profesional...;
—avergonzarte porque careces de ciertos
bienes...”
Al leer estas reflexiones quizás nos convenga hacer examen
de conciencia para descubrir esas cosas que nos separan de los demás,
pero no por culpa de ellos, sino nuestra.